Inspirado en una historia real
DanieL GonZÁLeZ-DÁViLa
Se le enseñó también que el aborto no sólo es deseable, sino necesario por razones de salubridad general, y nadie le dijo que la vida humana no es un Derecho Humano, sino un presupuesto existencial necesario para que existan y se ejerzan todos los derechos fundamentales. También se le enseñó que la comunidad gay tiene derecho al “matrimonio”, cuando esta institución es por demás anacrónica y discriminatoria aún para las parejas heteroparentales. “Matrimonio” significa “cuidar de una madre”. En un matrimonio homoparental no hay que cuidar de una madre, y por si fuera poco, en un matrimonio heterosexual, “cuidar de la madre” resulta asimismo una burla a la dignidad de la mujer, que no necesita ser cuidada. ¿Acaso las madres solteras requieren del cuidado de un hombre?
(Nadie ha reparado que hace 2000 años, en el Derecho Romano, el paterfamilias trasladaba la manus de la hija a su yerno, para ser cuidada. Hoy, las esposas heterosexuales no requieren del cuidado del hombre, sino su solidaridad, pues tan capaces son de atender a un hijo con una mano y trabajar con la otra. El término “matrimonio” es, de esta manera, discriminatorio tanto para parejas homosexuales como heterosexuales, de manera que la conquista del “matrimonio igualitario” es auténticamente una victoria pírrica. En otras palabras, para no discriminar a nadie, la verdad es que tanto parejas homoparentales como heterosexuales deberían unirse en “enlace conyugal”, sin importar el sexo de los contrayentes. Pero lejos estamos de una figura tan avanzada que deje atrás la tradición romana y el acendrado fundamento patriarcal que aún existe en las instituciones civiles. Esto viene a cuento en tanto que ni las propias feministas se han dado cuenta de lo poco que han estudiado la legislación de los países en que residen).
A Esteban también le dijeron que sus genitales no definían su género, sino tan sólo su sexo. Es decir, que el género es una cuestión de identidad de conciencia, mientras que el sexo es una cosa totalmente animal que no debe preocuparle. En él está siempre la decisión personal de qué género debe elegir entre las docenas que se han inventado en varias listas, entre ellas la de Tinder. Desde luego todas estas ideologías encuentran sustento en lo que muchos llaman “progresividad de los derechos humanos”, pero nada más lejano que eso. Estas ideologías desde hace varios años han sido impulsadas con caudales de dinero a través de organismos de la ONU y de organizaciones no gubernamentales infiltradas en cientos de países y financiadas por el magnate George Soros, líder del movimiento mundialista global, cuyo objetivo es que los pueblos se autocastren por sí solos y no tener que recurrir a las imposiciones del Estado para reducir la población de modo violento. Es auténticamente increíble cómo el personal de estas organizaciones no gubernamentales y el de las oficinas de Naciones Unidas para estos temas son absolutamente intercambiables. Van de un lado a otro, con el mismo propósito: cerciorarse de que el nuevo orden mundial reduzca, a como dé lugar, el índice poblacional de las naciones. ¿Pero cómo es que Soros y la ONU pueden reducir el índice poblacional sin ser detectados? Muy sencillo: a través de las llamadas “ventanas de Overton”. Kelsen definió al Derecho como: “técnica social específica de motivación indirecta”. ¿Por qué motivación indirecta? Porque el conjunto de normas que contiene el Derecho son impuestas a la sociedad por un órgano normocreador para manipular su conducta a través del premio o el castigo y no a partir de la voluntad propia del hombre, lo que constituiría una “motivación directa”, como es el caso de las normas de la ética o la moral, cuyo cumplimiento procede de nuestro fuero interno. Esta gran diferencia entre la motivación directa y la motivación indirecta está siendo crucial para la consolidación del nuevo orden mundial posmoderno, en donde no son las leyes quienes determinan lo políticamente correcto, sino la conciencia colectiva o social, inducida por los medios de comunicación, que a la postre se convierte en ley. Este fenómeno de pasar de la motivación directa a la motivación indirecta en temas que hasta hace unas cuantas décadas hubieran sonado imposibles, se debe a que las naciones están siendo objeto de la presión de intereses superiores a ellas en materia poblacional, controlados a su vez por factores reales de poder que tienen en la mira la conquista de la cultura occidental, para lo cual es fundamental primero desmoronar sus fortalezas. De esta suerte, disminuir el índice poblacional y al mismo tiempo diezmar la tradición cristiana occidental requiere de acciones contundentes que interioricen en las naciones caballos de Troya que comiencen por detonar mecanismos de motivación directa para la autocastración de los pueblos, que eventualmente se conviertan en mecanismos de motivación indirecta que los hagan obligatorios, haciendo que éstos últimos parezcan producto del avance de los Derechos Humanos y no de una imposición violenta de las Naciones Unidas o del país del que se trate. En este proceso de convertir la motivación directa en indirecta, es decir, de convertir lo moralmente aceptable en ley, las naciones primero deben acudir a la técnica de las llamadas “ventanas de Overton”, cuando lo que se pretende legalizar aún no consigue ser ni siquiera moralmente aceptado. Para hacer “moral” una imposición absurda, como el aborto, el homonomio, el transgenerismo infantil o cualquier cosa que contribuya a la autocastración de los pueblos, se requiere primero insertar en la conciencia social que todos esos fenómenos son fundamentalmente correctos y deseables, y desde luego una conquista social y no una imposición de una supuesta élite mundial conspirativa.
Las “ventanas de Overton” son un proceso de normalización de lo impronunciable partiendo del lado obscuro de la libertad de expresión. Así, por ejemplo, si un país quiere legalizar el canibalismo, lo primero que tiene que hacer es desmitificarlo. Para empezar, promociona un documental sobre una tribu caníbal del Amazonas. Posteriormente abre un debate de antropólogos sobre el tema, cerciorándose de que se elimine el tabú y se opte por un término más científico (antropofagia, legrado) y luego por un franco eufemismo (antropofilia, interrupción del embarazo). Hecho lo anterior, el tabú comienza a cambiar de tono y a convertirse en algo tolerable. El siguiente paso está en hacerlo deseable, bombardeando a la opinión pública con muestras de que la “antropofilia” ha sido usada por miles de años y culturas diferentes. No tardarán en abrirse grupos de apoyo a la antropofilia apoyados por el gobierno por ser la humana la mejor carne, pues contiene el número y proporción exacta de proteínas y aminoácidos que requerimos. Un par de meses después, representantes populares del partido en el poder, estarán presentando iniciativas de ley que acepten y promuevan el canibalismo “habiendo escuchado a la sociedad”... Así funcionan las ventanas de Overton, así fue aprobado el aborto en México, el “matrimonio igualitario” y la ideología de género. Todo el mundo está indignado, sólo la minoría conforme, pero es políticamente correcto, porque el inconsciente colectivo ya está programado para su propia autocastración y la de sus hijos. En síntesis, la proliferación mundial del aborto, el homonomio, el transexualismo desde edad temprana y el feminismo, todos estos fenómenos impulsados en todo el mundo y con vehemencia por Soros y por la ONU, no son más que técnicas específicas de motivación directa contra la sobrepoblación, que terminan en motivación indirecta plasmadas en leyes a través de las llamadas ventanas de Overton, que es legalizar lo impronunciable siguiendo un proceso malicioso que comienza dando impulso al lado obscuro de la libertad de expresión. Y así todos contentos, haciendo creer que la obscuridad surgió de la progresividad de los Derechos Humanos y no de una imposición violenta de las naciones. Así, a Esteban nadie lo obligó a cuestionarse su identidad sexual. Simplemente, al verlo como algo normal, a los diecisiete años se planteó seriamente la cuestión, y decidió que era una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Sus padres lo apoyaron. Al final de cuentas, el muchacho lo haría aún sin su consentimiento. Pero de todos modos le pidieron que asistiera con ellos al psiquiatra para evaluar su caso. El médico fue muy claro con ellos: no existe tal cosa como “elección del género a voluntad”. Eso es un trastorno de la personalidad llamada “disforia de género” que tiene tratamiento a corto y a largo plazo. A corto plazo lo dan los charlatanes y a largo los auténticos profesionales de la salud. Los primeros, dan hormonas e implantan senos. Los segundos someten a psico y farmacoterapia. Pero Esteban iba muy bien informado. “Mire doctor, si lo que yo tengo es una enfermedad, la Suprema Corte de Justicia de la Nación no hubiere emitido jurisprudencia dando facilidades para modificar el sexo de las personas en atención al libre desarrollo de la personalidad. —La Suprema Corte también aprueba el aborto, hijo, y no por eso los médicos con ética lo practicamos. Ya te di mi opinión, pero si tus padres quieren, pueden llevarte con un endocrinólogo y luego con un cirujano plástico. Y así empezó la carrera de transformación de Esteban. Luego de dos años de tratamiento hormonal y varias cirugías que arruinaron económicamente a la familia, Esteban se había convertido finalmente en Sofía. La obsesión de Sofía por lucir cada vez más femenina consumía todo su tiempo. No había lugar en su vida para nada más. Los padres de Sofía, a pesar de su ruina económica, la amaban enormemente y la apoyaban para que asistiera a la Universidad y para que consiguiera un trabajo. Un ingreso adicional para la familia era indispensable. Sofía aplicó para varias Universidades. Había ya conseguido la regularización de sus documentos y en todos y cada uno de ellos su género era ya femenino, pero su transexualismo era notorio. De 7 u 8 universidades en las que aplicó, sólo una la aceptó. Y ahí comenzó a vivir la dura realidad de la mujer transexual. No había pasado una semana sin que Sofía viviera un doble tipo de acoso: la burla de muchos de sus compañeros, y las insinuaciones sexuales de otros tantos, hasta que la universidad se convirtió en un infierno para ella. No pasaron muchos meses antes de que Sofía desertara y empezara a buscar trabajo. El fenómeno se repitió con toda exactitud. Aplicó para diferentes empresas, y prácticamente todas las áreas de recursos humanos la vieron como una persona desequilibrada que no querían dentro de su empresa. Al fin, una cadena de comida rápida le dio un trabajo modesto. “Por algo se empieza”, se dijo. Pero sólo duró una semana en el mostrador. Después de ello, fue enviada a la cocina, donde acababa repleta de grasa al final del día, como si estuviera siendo castigada por su identidad de género. Así, todos sus vanos intentos por entrar a una universidad o por trabajar habían fracasado por la falta de oportunidades, hasta que su círculo social se redujo exclusivamente a otras mujeres transexuales, quienes la acogieron y la alejaron de sus padres. Al poco tiempo, llegar a dormir a su casa era la excepción. Sus padres, preocupados, le preguntaron: —Qué haces con tus amigas? —Nada, sólo vamos a fiestas. —¿Qué clase de fiestas? —Bueno, reuniones con chicas trans. —Hija, nos preocupa que no vayas a la universidad y que no estés trabajando. —Ay, madre, en este país donde todo el mundo discrimina eso es imposible. Pero ya encontraré algo. No te preocupes. Pero la verdad es que Sofía, cansada de buscar y enfrentar el rechazo, ya tenía un trabajo fijo: sus amigas la habían introducido en el mundo del consumo de drogas y narcomenudeo, del culto a la Santa Muerte y de la prostitución. No pasó mucho tiempo antes de que Sofía tuviera su propio portal en internet donde era contactada por sus clientes. Esto fue producto de la falta de políticas públicas paralelas a la ahora galopante “progresividad de los Derechos Humanos”. Extraordinaria la jurisprudencia de la Corte que permite cambiar de sexo. ¿Y luego? ¿Ahora qué hacemos con ella? ¿Qué sigue después? Sofía tenía ya el único trabajo fijo al que podría aspirar: ser prostituta y narcomenudista. Lidiar cada noche con la incertidumbre, la lucha territorial con grupos delincuenciales y pedirle a la Santa Muerte que esa noche tuviera un buen cliente que le pagara bien o que no fuera víctima de un agresor furtivo. Así pasaron dos o tres años. Sofía había hecho algo de dinero que enviaba a sus padres, quienes lo recibían con una vergüenza infinita y totalmente arrepentidos de no haber escuchado el consejo del médico. Pero todo lo que tiene un principio, tiene un final. Un día Sofía recibió una llamada a su celular de un desconocido que quería verla en un hotel a las afueras de la Ciudad de México. Sofía llegó de modo discreto y se dirigió directamente a la habitación convenida. Antes de diez minutos se escucharon dos disparos letales de arma de fuego. El agresor nunca fue identificado.



