Las actividades profesionales se enfrentan diariamente al problema ético de brindar un buen servicio, al tiempo que debe asegurar el interés económico de los involucrados en su actividad.
Una persona puede creer, actuar y pensar libremente según sus ideas y convicciones? La reciente reforma a la Ley General de Salud en México, que establece que el personal médico y de enfermería puede abstenerse de intervenir en servicios que resulten contrarios a sus convicciones personales, por motivos éticos o religiosos, ha puesto la discusión sobre la mesa. No se trata de una objeción específica para el aborto o la eutanasia, se trata de una abstención en general para un procedimiento médico, acompañado de límites: que no ponga en riesgo la vida del paciente o casos de urgencia. En este artículo tenemos los siguientes objetivos. • Demostrar que esta objeción de conciencia debería extenderse a otros oficios o profesiones. • Realizar un breve análisis sobre el problema ético en la profesión actual. • Plantear si la objeción de conciencia es también un tema de lealtad.
1. una libertad Que debería extenderse
Las cuestiones anotadas con anterioridad nos revelan antes que nada un problema ético. Pero resulta que la ética es una disciplina teórico-práctica, que por ser filosofía, no gusta tanto como, por ejemplo, los conocimientos técnicos que a todas luces se venden bien en el mercado. Para que el hombre de hoy pudiera apreciar la conveniencia del conocimiento ético, hemos tenido que traerlo al ámbito del ejercicio de una profesión, es decir, relacionarla con un concepto económico y hacerlo atrayente. Vivimos así, tiempos de sumo pragmatismo. Este artículo tendrá que justificar cómo es que la ética y el ejercicio de conciencia en nuestra vida profesional, nos trae algún tipo de beneficio.
La profesión es un factor básico en la formación de conciencia de quien la ejerce, porque diversifica y personaliza. Demarca las diferentes circunstancias de la vida, de mentalidad y de cultura, de tal modo que estas diferencias constituyen un factor de conciencia moral, pero incumben de forma distinta a un médico, a un abogado, a un profesor o a un militar. En el quehacer profesional, la experiencia muestra que una magnífica preparación profesional y una vida de trabajo intenso sacrificado no son suficientes para acertar. Todos necesitamos echar mano de una orientación, tener un punto de referencia que ayude a valorar lo bueno y lo malo, lo recto y lo que no lo es: es necesario, en definitiva, saber moral, tener conciencia de los principios, saber ética y sus fundamentos y captar por qué tienen un carácter universal. Me pregunto si los consumidores de servicios en México no se verían directamente beneficiados (incluyendo el ámbito de lo económico) si todos los profesionales actuáramos éticamente. Me pregunto, por ejemplo, sobre el costo económico de la corrupción en distintas profesiones ¿Cuánto dinero público en México es destinado a “vigilar” que actuemos los mexicanos éticamente? Pienso en toda la burocracia necesaria para sostener una “Secretaría de la Función Pública”, organismos centrados en “observar” que se respeten los Derechos Humanos, burocracias enteras destinadas a calificar que un juez haga debidamente su trabajo, instituciones completas dedicadas a intentar “transparentar” la opacidad de nuestras instituciones. Todo esto sin contar la pérdida de vidas humanas, cuando ese es el precio que hay que pagar por la falta de una cultura ética. “El signo de los tiempos actuales es la especificación; tanto de la teoría como de la praxis o actividad humana. Con la división del trabajo se va multiplicando indefinidamente la especificación en todos los órdenes de la productividad, y con ello se crean infinidad de nuevas profesiones, nuevas situaciones, requiriendo todas ellas el ejercicio de la razón y de la actividad moral”.1
Surge así la necesidad del saber ético aplicado a las circunstancias en las que se desenvuelve el sujeto, circunstancias relativamente estables, en una determinada profesión, donde aparecen prácticas típicas y comúnmente experimentadas por aquellos que tienen la misma profesión. Es ahí donde surgen las ocasiones específicas para el ejercicio de ciertos hábitos, determinadas virtudes o vicios. Quienes están, pues, en las mejores condiciones para hacer ética profesional son los mismos profesionales. Son los que se encuentran en cada jornada ante las situaciones del quehacer cotidiano, muchas veces nuevas, para hacerse cargo en su especialidad, de la situación concreta y actuar rectamente. Ya en su tiempo, Tomás de Aquino se había dado cuenta de cierta necesidad de una moral aplicada a situaciones concretas al decir que “las doctrinas y normas morales enseñadas en universal son menos útiles porque las acciones se dan en particular”.2 En mi opinión esto supone que hay un carácter personal e individual del ejercicio ético en cada profesión, que existe siempre a disposición personal de cada uno. Y en segundo lugar, nos recuerda que no se aprenden las verdades de la ética asistiendo sólo a conferencias o participando en seminarios, pues su índole es tal que sólo pueden aprenderse prácticamente. Es así como concluyo que deberíamos permitir, en el marco de la legalidad, que cada profesionista ejerza esta libertad de conciencia. De otra forma, ¿cómo exigir que el profesionista sea ético, si sólo nos permitimos cuestionar la ética en el ámbito de lo teórico? Es un hecho: mientras no apliquemos la ética en nuestro quehacer profesional diario, mientras sea “vista” como un quehacer subjetivo e inútil, sólo destinada a las discusiones del aula de clases, los contribuyentes seguiremos pagando el costo de burocracias que en el mejor de los casos simulan vigilarnos para que nos comportemos de una forma ética. ¿En qué se te ocurre, querido lector, que podríamos invertir todo ese dinero si la ética fuera prioridad en el pensar, decir y actuar de los mexicanos? Una reflexión más. Mientras seguimos pensando si el concepto de “objeción de conciencia” debe estar en la ley o no, mientras seguimos debatiendo si puede promover la discriminación o no, este concepto ya es una realidad en el ámbito del Derecho Internacional (Brasil, Costa Rica, Argentina, Estados Unidos de Norteamérica y Europa).
Muestra Michel Bayles3 que aun habiéndose definido los requisitos básicos de lo profesional, sigue habiendo problemas. El problema ético parece ser, a su juicio, el más acuciante de todos y éste, sobre todo, consiste en satisfacer lo más fielmente posible los requisitos primarios de la profesión –particularmente el del servicio–, y a la vez asegurar los intereses económicos legítimos de los miembros. El problema de encontrar clientela también es grave, pues sin ella no se puede sobrevivir, pero, como consecuencia, las ganancias llegan a tener primacía sobre el servicio. El problema de las relaciones entre colegas se transforma en un problema de burocratización, donde son los propios colegas los que han de determinar y decidir quiénes y en qué medida ejercerán la profesión. Como resultado surgen conductas que faltan a la justicia y a la honradez. El problema de la libertad: distinguir entre las obligaciones con respecto a uno mismo, obligaciones con la persona a la que eventualmente hay que prestar algún servicio y las obligaciones hacia la organización a la que se pertenece o hacia la persona de la que se ha recibido el empleo. El problema de la autoridad: qué órdenes debe uno aceptar sobre todo si el que las da no es miembro de la propia profesión, en cuyo caso sus intereses pueden no siempre coincidir con los del profesional y sus clientes.
Una mirada rápida sobre estos problemas muestra claramente que el núcleo de todos ellos está en el nivel del tener vs. ser. Si queremos entender más acabadamente la esencia del conflicto ético en las profesiones, debemos acercarnos más al estudio filosófico de este tema. Entonces cabe la siguiente pregunta: ¿Cabe ejercer una profesión para ser feliz? El ser feliz está al alcance del hombre en la medida en que procura vivir bien o practicar la virtud; y esto está implicado en el ejercicio de una profesión.4 El problema surge cuando la felicidad se desvincula de la virtud. El problema ético que enfrentamos en la profesión, es que la felicidad se busca en un nivel material y funcional y por lo tanto nunca puede ser satisfactoria. Cuando se pretende conseguirla por medio del esfuerzo por transformar al mundo, cuando el ejercicio de una profesión va acompañado de una misión de vida y de una visión del mundo, entonces nuestros esfuerzos no son sólo para conseguir un sustento económico, sino trascendental (esto en el sentido más filosófico y existencialista de la palabra), entonces es cuando por medio del trabajo encontramos no sólo la felicidad sino la plenitud. Y tú, lector… ¿cuál es el fin último que te mueve al desempeño de tu oficio o profesión?
3. la objeCión de ConCienCia es un tema de lealtad
Responder a la pregunta ¿qué es lealtad? no es fácil, porque se trata de una noción con muchos campos de aplicación y al parecer supeditada a otros valores. Según el Diccionario de la Real Academia Española, lealtad es el “cumplimiento de lo que exigen las leyes de la fidelidad, y las del honor y de hombría del bien”. Como puede apreciarse, es una definición bastante incompleta. Definir cada uno de estos conceptos nos llevaría a un debate semántico que al final no explica qué es lealtad. Así es que emprenderemos una reflexión para tratar de esbozar una hipótesis aplicable al campo de la ética de lo que es la lealtad, para ello utilizaremos la propuesta kantiana. Podríamos decir que la lealtad es en principio un valor el cual debemos desarrollar en nuestro interior, a la vez que tenemos conciencia de lo que hacemos y decimos, algunos pensadores llaman a esto “coherencia de vida”. La lealtad interna supone entonces un ejercicio prudencial entre los actos, la palabra y el pensamiento. Lealtad supone corresponder a una obligación que se tiene con los demás, pero por otro lado también un compromiso de defender lo que creemos y en quiénes creemos; lo contrario implicaría un aislamiento. Immanuel Kant elaboró una teoría del desarrollo moral que le permitía con facilidad articular la experiencia moral interna con las exigencias del mundo atravesado por elementos ajenos o contradictorios para el ejercicio de una voluntad moral personal. Explica que la justicia surge de la razón y la lealtad de los afectos. Si bien el surgir de la moralidad no está para Kant determinado por el desarrollo de la cultura y la civilización, sí es una realidad inmersa en ellas que, por ende, necesita de condiciones externas para propiciar su desenvolvimiento. Y entonces surge la siguiente reflexión: uno es leal a sus convicciones, pero las convicciones en parte son producto de la cultura en la que la persona se encuentra inmersa.
Lector: ¿usted a qué suele ser leal sin cuestionar su valor?, ¿por qué dicho valor ha generado en usted una convicción?, ¿el ser leal a esa convicción le ayuda sólo a usted o también a los demás? Finalmente, ¿cree usted que esta reflexión está relacionada con el ejercicio ético (o deontológico) de una profesión u oficio?
La concepción kantiana sobre la condición moral humana implica la forma en que cabe esperar el refinamiento de su naturaleza hasta llegar a una idea a la que vale la pena siempre aproximarse, como es la consolidación de una comunidad ética. Si las instituciones lograran establecer un vínculo de lealtad con sus empleados, podrían hacer que ellos lograran tomar decisiones correctas en cuanto a los problemas propios de la institución. La lealtad no supone sumisión, no aplica alienación, sino, por el contrario, generar personas reflexivas y críticas respecto de su labor, personas con compromiso que entiendan y hagan suyos los ideales, objetivos, principios y metas de la institución, siempre y cuando ellos visualicen la justeza y racionalidad de los mismos.
Pensamos, finalmente, que las siguientes son palabras clave NECESARIAS para dar contexto a la Objeción de Conciencia: Naturaleza humana, disposiciones morales, virtudes, educación moral, comunidad ética y comunidad política.
Reflexión: ¿Está usted consciente de la responsabilidad profesional, intelectual y social que deriva de su trabajo?
La aproximación a una comunidad ética nos puede resultar un sueño utópico, sin embargo, ninguna sociedad democrática puede prescindir de tenerla. Nuestra comunidad tiene cambios a través de la historia a partir de las necesidades individuales y comunitarias, de regular nuestras acciones desde la racionalidad moral a partir, en primer lugar, de las instituciones que dirigen al país y, posteriormente, como un interés autónomo y comprometido por cultivar virtudes sin necesidad de coacción externa. La necesidad de incorporar virtudes aplicadas a las exigencias de la vida en sociedad haría despertar en cada ser humano la ética en su vida y ponerla en práctica para lograr así un funcionamiento ideal de las instituciones desde lo justo y lo debido.



